





Hay bibliotecas y bibliotecas. Bibliotecas como la de algunas escuelas que solo sirven para atesorar libros (y que no se los prestan a los chicos por miedo a que los pierdan) y bibliotecas que además de cumplir una función de reservorio se han propuesto promover la lectura impulsando diversas actividades.
El sábado 29 de noviembre la revista adnCultura del diario La Nación (Argentina) publicó como título de tapa la nota "¿Se puede enseñar a escribir ficción?" firmada por la periodista Adriana Schettini. En ella distintos escritores de merecido reconocimiento (Abelardo Castillo, Liliana Heker, etc) responden la pregunta desde sus experiencias como escritores y coordinadores de talleres. Si bien no disiento con las cuestiones centrales de sus opiniones, pienso que su visión de estos espacios es limitada ya que consideran solamente los talleres literarios a los que asisten personas que han tomado la decisión de ser escritores. Sin embargo, sabemos que este universo es más vasto y heterogéneo; por eso la nota me suscito la reflexión que transcribo más abajo.
Para leer ¿Se puede enseñar a escribir ficción? de Adriana Schettini clikea acá:
http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1074237&origen=premium
PORQUÉ COORDINO TALLERES LITERARIOS
Hace más de veinte años que coordino talleres literarios: talleres en mi casa, institucionales, para docentes de primaria y secundaria, para chicos y adolescentes, para pacientes psiquiátricos, para adolescentes en situación de vulnerabilidad social, para personas que solamente desean escribir, y además, intenté en mis 30 años como profesora transformar en un taller literario mis horas de Lengua y Literatura, a pesar de las dificultades para lograrlo que me interpuso siempre la estructura del sistema educativo Por otra parte, me especialicé en didáctica de la escritura, tema sobre el que publiqué un libro, varios trabajos y por el que soy convocada en congresos y seminarios. Pero sobre todas las cosas soy escritora, escritora de ficciones, más precisamente de cuentos. Por todos estos motivos, leí con mucho interés la nota de tapa publicada en adn Cultura del sábado 29 de noviembre titulada ¿Se puede enseñar a escribir ficción? y cuando terminé de leerla sentí que había quedado afuera del trabajo aspectos importantes sobre la inquietud que mueve a la gente a asistir a un taller, qué es lo que puede hacer el coordinador de un espacio de esas características con esa inquietud y la incidencia en el desarrollo de los talleristas de la motivación que lleva a alguien a coordinar un taller literario y no otra actividad con el fin de obtener ingresos económicos, ya que supongo que también se trata de eso.
Hay una enseñanza que me dejó mi trayectoria como docente de escritura creativa (aunque no me convence esta denominación): para cualquier persona la experiencia de escribir es trascendental en el sentido de que el lograr decir, el poder darle forma por escrito a una idea, la transforma. Hay algo propio que se materializa, que sale a la superficie para tomar cuerpo y poder ser compartido. Pero antes de llegar a eso, cada uno transita por el proceso de escribir, que entre otras cosas, implica discernir lo que se desea decir y desde este punto de vista, no solo para los escritores, ese camino lleva a verdaderos descubrimientos. Desde esta perspectiva, la palabra escrita es instituyente de una especie de nueva identidad: las personas pasan del silencio al decir; al poder imaginar; a reconocerse y ser reconocidas por lo que escriben.
Por eso, al contrario de lo que le sucede a Abelardo Castillo, me interesa que a los talleres que organizo asistan personas que no tienen la aspiración de ser escritores, sino simple y sencillamente que se acercan con el deseo de escribir, de ver qué pasa, cómo es eso, esa inquietud por sí misma indica que tienen algo para transmitir. ¿Son Faulkner, Conti, Mansfield, Woolf? No, pero son personas con derecho a la palabra escrita, y que como todos cuando nos dan la oportunidad, con algo para decir. ¿Serán publicados? ¿Se convertirán en clásicos? Improbable, pero han logrado trascender su propia historia, la historia de la literatura y los mandatos del sistema educativo que afirman que escribir es para algunos pocos.
Es cierto, como lo describe la nota, que hay miles de talleres literarios pululando por ahí; esos talleres anónimos, que venden gato por liebre, coordinados por desconocidos que con frecuencia no han transitado ellos mismos la experiencia de escribir un cuento; sin embargo, están poblados por personas que desean disfrutar del placer de escribir y no de ser escritores, de otro modo hubieran elegido el espacio de algún autor reconocido; ese es el universo que me pareció ausente en el artículo y que creo que vale la pena recorrer.
¿Se puede enseñar a escribir ficción? Pienso que lo que no se puede es enseñar a ser un gran escritor, un escritor significativo, porque como bien dicen los escritores entrevistados en la nota, eso depende de la mirada, de la vida, de la experiencia de cada autor, de cuestiones que trascienden lo técnico; pero es posible generar un espacio de lectura, de escritura y de reflexión para que las personas se apropien de la palabra escrita. Y eso, al menos para mí, vale la pena.
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Materiales lengua y literatura es un sitio que además de proponer actividades, desarrolla temas de teoría literaria que vale la pena recorrer
Aprovecho para hacer una declaración de principios:

-Este es el cuento que le aportó el comienzo a la historieta:
EQUIVOCACIÓN* por Karel Capek
Nos embarcamos en el Mediterráneo. Es tan bellamente azul que uno no sabe cuál es el cielo y cuál es el mar, por lo que en todas partes de la costa hay letreros que indican dónde es arriba y dónde es abajo; de otro modo uno puede confundirse. Para no ir más lejos, el otro día, nos contó el capitán, un barco se equivocó, y en lugar de seguir por el mar la emprendió por el cielo; y como el cielo es infinito no ha regresado aún y nadie sabe dónde está.
Esta madrugada murió Nicolás Casullo y esta página, la de ESTACIÓN PALABRA, está de duelo. Acá, de este lado, mientras escribo, estoy profundamente triste y creo que muchos de nosotros por un tiempo nos vamos a sentir un poco desamparados.
Acabo de desearle las buenas noches a mi hijo y de apagar la luz de su cuarto. Regreso a mi estudio y continúo trabajando hasta que escucho su vocecita:etc.,etc., etc.,
Es una actividad fotocopiada de algún libro.
Primera pregunta: ¿Cómo consiguió alguien que una editorial le publicara un libro con ese tipo de propuesta?
Segunda pregunta: ¿Cómo a mi hijo, o a cualquier otro chico, después de una docena de actividades como ésa se le ocurre y tiene ganas de escribir un "Libro de los sueños"?
Ilustración de Camilo Villamizar: http://www.mymagicrealism.com/
Ilustraciones: un Documento Nacional de Identidad
El siguiente es el primer borrador escrito por Gabriel:
Por Tununa Mercado.
En el edificio de la literatura argentina, superpoblado de escritores viejos y jóvenes, hombres y mujeres, los espacios están hacinados de libros. Son miles de ejemplares que cubrieron alguna vez profusamente las mesas de las librerías, para luego pasar a los estantes y después desaparecer en los sótanos, también atestados. Siempre habrá sin embargo en esa gran casa un espacio para el libro singular, esa misteriosa construcción individual que se juega la vida para estar allí, más allá del deseo o voluntad de resonancia de quien lo ha escrito. El libro de Leticia Walther es ya un objeto autónomo que hoy comienza a hablarnos. Es bueno señalar que mucho tiene que ver en esto un editor como Juan Carlos Maldonado, capaz de apostar a lo nuevo, al primer libro, así como también al libro que se ha traspapelado en la gran biblioteca y busca volver a salir, renovado.
No conocía a Leticia Walther cuando nos encontramos en el café junto a la Biblioteca Nacional para que ella me entregara su texto. Ella fumadora, yo tabacofóbica, gané la partida y nos sentamos en la zona para ella prohibida. No fue estrictamente un encuentro literario, sino un intercambio de historias, como si en ese comienzo de amistad las dos hubiéramos preferido el drama personal para presentarnos. Si algo percibí en aquel encuentro con Leticia fue humanidad, en el sentido más laico de la palabra, una humanidad cuyos núcleos no se mostraban para dar lección o buen ejemplo, sino de esa manera tácita, natural, que tienen quienes saben prodigarla sin que se note.
Busco una imagen para describir el modo de narrar en estos cuentos. Línea estable, sin convulsiones, neutra por vocación de despojo, apostando a que la historia sostenga su efecto dramático sin otro recurso que el acontecimiento. No se espere un estallido volcánico. Si en “Aire”, el primer cuento, se busca el estertor de la asfixia, no se lo tendrá explícito. Entraremos en una zona desesperanzada, esa medianía que suele ser destino inmodificable, sin adjetivos, sin metáfora que venga a auxiliar la nada que se ha instalado desde las primeras líneas. Una nada que es en verdad todo: la persecución, la locura, la rebeldía solitaria. Hay un trasfondo: lo social; un punto de referencia que parece sostener la evolución del narrador que se desplaza, lo social como una viga o columna, pero no mucho más, para no violentar la opresión que se genera en el espacio cerrado, sustraído a la realidad. Se necesita mucha confianza en el ser humano para atribuirle un acto de libertad en esa condición de encierro. Pero ese espacio, los espacios clausurados de Leticia Walther, no tienen “puertas” providenciales, éstas aparecen por un rapto liberador del espíritu o de la conciencia. Es ese rapto lo que justifica el tenue transcurso narrativo, la fuerza que tensa la línea y la hace vibrar sin desgarrarla. Y aun cuando la decisión de romper, liberar o actuar, en algunos textos esté ausente, se hace presente por su contraparte, la inacción, la incapacidad de dar un paso hacia el otro., como si lo inalcanzable se forjara a conciencia.
El equilibrio entre avance y retención que modula el transcurso es la condición del cuento. Esa es la manera de narrar para Leticia Walther: un tono menor, en el sentido musical del término, que sostiene un desolado dramatismo. No habrá una resolución canónica, un corte tajante. Pero si un estado de inercia espiritual que sólo cambia de registro cuando irrumpe la crisis. Quien narra de un cuento a otro, en una especie de gesto unitario, padece la desocupación, la soledad, la injusticia, vive en el tenebroso mundo de los despojados. Son seres de la oscuridad, desvitalizados socialmente. Cuando la expectativa de una redención aparece, como en el caso de la desempleada que acepta vender enciclopedias, la oferta contradice lo que ella piensa y desea y, por un efecto acumulativo de rechazo, la ruptura se produce con un exabrupto, el único modo de recuperar la condición de persona.
Reconozco que resulta difícil aislar el sentido de este libro sin apoyarse en los textos, y que se corre el riesgo de enunciar abstracciones. Prefiero rescatar el trasfondo de una posición de escritura que yo llamaría ético, que sustantiva un cambio de rumbo por un acto de libertad, que desarma lo establecido sin otro beneficio que la complacencia en el gesto autónomo. En las historias de Leticia Walther los núcleos que destraba son los escollos del cuento clásico: la fatalidad de la repetición se quiebra por un hecho disruptivo imprevisto; un chico de la calle se fuga como un ángel chagalliano en las calles de Buenos Aires y se libra de su perseguidor; una muchacha sin edad, uno de esos seres diferentes que socialmente cargan el mote de retraso mental, se hamaca y contagia con su acto a una marginal desangelada; un hombre quiebra la imposibilidad de bailar de una mujer, la hace volar, para seguir con la imagen del vuelo como forma de libertad.
Sin embargo, pese a estas reconversiones del destino, en apariencia tenues, pero de carácter transgresor, lo político real, están allí para recordar su implacable poder de destrucción. En la situación límite, la muerte, no hay espacio para elegir. Esa frontera, que es el duelo por la tragedia argentina, sólo puede ser atravesada por la escritura.
Milagrosamente, aún en la muerte, en la doble muerte de la víctima maniatada, la imagen final es el mundo, un mundo que puede ser reconstruido en algún lugar. Ese es el mundo de Leticia Walther, la humanidad que descubrí en ella cuando la conocí y que este libro nos transmite, inaugurando una obra.

Desde que se recibió, hace dos años, Valeria es maestra de 1º grado. Le gusta escribir y hace tres años publicó un libro de poemas muy interesante; además escribe poesías infantiles, aunque todavía no se animó a leerle alguna a sus alumnos. Se acercó al taller porque le interesa profundizar el trabajo de escritura con los chicos. ¿Qué hago para escribir?
-Vivo
-Me conecto con mis emociones
-Pienso cómo expresar lo que siento en forma bella
-Releo, busco mejores palabras para expresar lo que siento

"La tendencia a considerar la literatura infantily/o juvenil por lo que tiene de infantil o de juvenil, es un peligro"
Luego de tres meses de licencia porque adopté a mi hijo, regresé a mis clases de 1º año del Polimodal en una escuela de la provincia de Buenos Aires. Uno de los cursos no ha tenido suplente; en el otro me reemplazó una colega de la misma escuela. Los chicos me ponen al día: han comenzado a leer "El retrato de Dorian Gray", supuestamente ya van por el tercer capítulo. Les pido que me cuenten lo que han leído hasta el momento. Muy tímidamente una chica comenta que se trata de un pintor que pinta siempre el mismo retrato. Como veo que de ahí no podemos salir, les pregunté:-Los Simpson.
-100 % lucha.
Y el desafío didáctico:
Preguntas que iré respondiendo con mi práctica y con la ayuda de los chicos.
Una conclusión, que aunque lo parezca, no creo que sea elemental: para pensar cualquier propuesta en el aula debemos reconocer a nuestros alumnos. Reconocerlos es respetarlos, pensar en ellos para poder habilitarles los mejores caminos para aprender y crecer.
Ese día, para comenzar a andar otro camino, les pedí que para la próxima clase vieran la serie "Cold Case" (Caso Cerrado, Warner Channel, lunes 21 hs.) Elegí ese programa por el interés de los temas abordados (en una gran parte vinculados a los jóvenes y a las minorías), la calidad de sus guiones y su estética que no es habitual en la TV. Sé que mis colegas, cuando se enteren, me van a criticar. Y por supuesto, suspendí la lectura de "El retrato..." hasta que elija otra novela.
Ya les seguiré contando cómo me ha ido con la experiencia.
Para saber algo más de la serie Cold Case:
http://es.wikipedia.org/wiki/Cold_Case
