martes, 14 de octubre de 2008

jueves, 9 de octubre de 2008

HOMENAJE a NICOLÁS CASULLO

Esta madrugada murió Nicolás Casullo y esta página, la de ESTACIÓN PALABRA, está de duelo. Acá, de este lado, mientras escribo, estoy profundamente triste y creo que muchos de nosotros por un tiempo nos vamos a sentir un poco desamparados.











Si no lo conocías, en este vínculo, podés saber algo, apenitas algo, de quién era Nicolás:
http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-113044-2008-10-09.html

Y clickeando acá, vas a encontrar un artículo suyo publicado en Página 12, uno de los tantos que escribió con su gran lucidez:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-87285-2007-06-28.html

miércoles, 8 de octubre de 2008

UN VESTIDO Y UNA FLOR por Leticia Walther

Este cuento pertenece al libro "El robo" y fue incluido en "Antología", volumen publicado por el Programa de Lectura del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Para leer el cuento clickea acá:

miércoles, 1 de octubre de 2008

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS

Acabo de desearle las buenas noches a mi hijo y de apagar la luz de su cuarto. Regreso a mi estudio y continúo trabajando hasta que escucho su vocecita:

-Ma, vení.

Me acerco al borde de la cama y en la penumbra me dice:

-Mami ¿sabés para qué voy a usar esta libretita?

No veo lo que me muestra y enciendo el velador: se trata de un pequeño anotador que le dieron como cotillón en un cumpleaños.

-¿Para qué la vas a usar?

-Para escribir mis sueños.

-Qué buena idea, me gusta muchísimo.

Abre las plumas como un pavo real.

-Acá las voy a escribir en borrador, pero quiero que me comprés un cuaderno que sea como un libro.

-¿Cómo?

-Que tenga las hojas lisas y las tapas duras ¿hay cuadernos así?

-Creo que sí.

-Porque mamá quiero escribir un libro, un libro que tenga mis sueños.

-Va a ser un libro hermoso; mañana vamos a buscar un cuaderno como el que querés.

Después de abrazarlo vuelvo a apagar la luz.

Estoy conmovida: mi hijo de ocho años piensa escribir un libro con sus sueños.

Luego me vuelvo más racional y recuerdo la última consigna de escritura que le dieron en la escuela:
  • Uní cada frase con su dibujo (los dibujos los dejo a su imaginación)
  1. Santiago no puede comer porque está muy descompuesto.

  2. Félix se ha comido todo lo que tenía en la mesa porque estaba muy hambriento.

  3. Damián come porque dentro de media hora se va a la escuela.
  • Luego respondé las preguntas.
  1. ¿Por qué Santiago no puede comer?

etc.,etc., etc.,

Es una actividad fotocopiada de algún libro.

Primera pregunta: ¿Cómo consiguió alguien que una editorial le publicara un libro con ese tipo de propuesta?

Segunda pregunta: ¿Cómo a mi hijo, o a cualquier otro chico, después de una docena de actividades como ésa se le ocurre y tiene ganas de escribir un "Libro de los sueños"?

Ilustración de Camilo Villamizar: http://www.mymagicrealism.com/

martes, 30 de septiembre de 2008

TEXTOS CON SORPRESAS

Ilustraciones:
El anterior es un cuento producido en una reunión de taller donde les propuse a los chicos que escribieran un texto incorporando los objetos que iba sacando de una bolsa. La propuesta se desarrolla de la siguiente forma:


Los chicos comienzan a escribir libremente, pero a medida que descubro los elementos que están en bolsa los deben incorporar al texto. No se trata simplemente de escribir el nombre del objeto, aunque también es posible, sino ampliar sus sentidos a lo que éste sugiere; por ejemplo, una taza puede despertar las palabras café, merienda o quizás los chicos prefieran tomar para su escrito el dibujo que decora la taza.


La elección adecuada de los objetos es importante para que realmente abran posibilidades interesantes en el texto. En principio, no deben pertenecer al mismo campo semántico; es decir, si se presenta una lapicera, no es conveniente exponer luego un cuaderno o una cartuchera porque esta secuencia predeterminará en gran medida el universo del texto. Por el contrario, es conveniente elegir elementos que originen palabras de campos semánticos distintos para que sea la trama del texto (la imaginación de los chicos) quien los vincule. También es posible mostrar objetos que produzcan sonido u olores, como en esta oportunidad que hice tintinear un llavero.

La necesidad de incluir los objetos a medida que se presentan lleva a que los textos vayan cambiando de rumbo internándose en situaciones imprevistas; por eso una de las dificultades que presenta la propuesta es la de mantener la coherencia de la historia que con frecuencia se pone en riesgo.

Con esta técnica se obtiene un texto rápido, sin demasiada elaboración, que es la materia prima para obtener un texto definitivo luego de un trabajo posterior.

Cuando después los chicos comparten la lectura de sus escritos es interesante que observen el modo en que para cada uno de ellos cada objeto tomó un sentido diferente dando como resultado trabajos muy distintos y la nueva dirección que cada elemento le imprimió al texto.

En esta ocasión los objetos que les presenté a los chicos fueron:


  • un collar de piedras facetadas rojas

  • un llavero

  • un Documento Nacional de Identidad


El siguiente es el primer borrador escrito por Gabriel:












































jueves, 25 de septiembre de 2008

PRESENTACIÓN DE "EL ROBO" DE LETICIA WALTHER

Por Tununa Mercado.

En el edificio de la literatura argentina, superpoblado de escritores viejos y jóvenes, hombres y mujeres, los espacios están hacinados de libros. Son miles de ejemplares que cubrieron alguna vez profusamente las mesas de las librerías, para luego pasar a los estantes y después desaparecer en los sótanos, también atestados. Siempre habrá sin embargo en esa gran casa un espacio para el libro singular, esa misteriosa construcción individual que se juega la vida para estar allí, más allá del deseo o voluntad de resonancia de quien lo ha escrito. El libro de Leticia Walther es ya un objeto autónomo que hoy comienza a hablarnos. Es bueno señalar que mucho tiene que ver en esto un editor como Juan Carlos Maldonado, capaz de apostar a lo nuevo, al primer libro, así como también al libro que se ha traspapelado en la gran biblioteca y busca volver a salir, renovado.


No conocía a Leticia Walther cuando nos encontramos en el café junto a la Biblioteca Nacional para que ella me entregara su texto. Ella fumadora, yo tabacofóbica, gané la partida y nos sentamos en la zona para ella prohibida. No fue estrictamente un encuentro literario, sino un intercambio de historias, como si en ese comienzo de amistad las dos hubiéramos preferido el drama personal para presentarnos. Si algo percibí en aquel encuentro con Leticia fue humanidad, en el sentido más laico de la palabra, una humanidad cuyos núcleos no se mostraban para dar lección o buen ejemplo, sino de esa manera tácita, natural, que tienen quienes saben prodigarla sin que se note.


Busco una imagen para describir el modo de narrar en estos cuentos. Línea estable, sin convulsiones, neutra por vocación de despojo, apostando a que la historia sostenga su efecto dramático sin otro recurso que el acontecimiento. No se espere un estallido volcánico. Si en “Aire”, el primer cuento, se busca el estertor de la asfixia, no se lo tendrá explícito. Entraremos en una zona desesperanzada, esa medianía que suele ser destino inmodificable, sin adjetivos, sin metáfora que venga a auxiliar la nada que se ha instalado desde las primeras líneas. Una nada que es en verdad todo: la persecución, la locura, la rebeldía solitaria. Hay un trasfondo: lo social; un punto de referencia que parece sostener la evolución del narrador que se desplaza, lo social como una viga o columna, pero no mucho más, para no violentar la opresión que se genera en el espacio cerrado, sustraído a la realidad. Se necesita mucha confianza en el ser humano para atribuirle un acto de libertad en esa condición de encierro. Pero ese espacio, los espacios clausurados de Leticia Walther, no tienen “puertas” providenciales, éstas aparecen por un rapto liberador del espíritu o de la conciencia. Es ese rapto lo que justifica el tenue transcurso narrativo, la fuerza que tensa la línea y la hace vibrar sin desgarrarla. Y aun cuando la decisión de romper, liberar o actuar, en algunos textos esté ausente, se hace presente por su contraparte, la inacción, la incapacidad de dar un paso hacia el otro., como si lo inalcanzable se forjara a conciencia.


El equilibrio entre avance y retención que modula el transcurso es la condición del cuento. Esa es la manera de narrar para Leticia Walther: un tono menor, en el sentido musical del término, que sostiene un desolado dramatismo. No habrá una resolución canónica, un corte tajante. Pero si un estado de inercia espiritual que sólo cambia de registro cuando irrumpe la crisis. Quien narra de un cuento a otro, en una especie de gesto unitario, padece la desocupación, la soledad, la injusticia, vive en el tenebroso mundo de los despojados. Son seres de la oscuridad, desvitalizados socialmente. Cuando la expectativa de una redención aparece, como en el caso de la desempleada que acepta vender enciclopedias, la oferta contradice lo que ella piensa y desea y, por un efecto acumulativo de rechazo, la ruptura se produce con un exabrupto, el único modo de recuperar la condición de persona.


Reconozco que resulta difícil aislar el sentido de este libro sin apoyarse en los textos, y que se corre el riesgo de enunciar abstracciones. Prefiero rescatar el trasfondo de una posición de escritura que yo llamaría ético, que sustantiva un cambio de rumbo por un acto de libertad, que desarma lo establecido sin otro beneficio que la complacencia en el gesto autónomo. En las historias de Leticia Walther los núcleos que destraba son los escollos del cuento clásico: la fatalidad de la repetición se quiebra por un hecho disruptivo imprevisto; un chico de la calle se fuga como un ángel chagalliano en las calles de Buenos Aires y se libra de su perseguidor; una muchacha sin edad, uno de esos seres diferentes que socialmente cargan el mote de retraso mental, se hamaca y contagia con su acto a una marginal desangelada; un hombre quiebra la imposibilidad de bailar de una mujer, la hace volar, para seguir con la imagen del vuelo como forma de libertad.


Sin embargo, pese a estas reconversiones del destino, en apariencia tenues, pero de carácter transgresor, lo político real, están allí para recordar su implacable poder de destrucción. En la situación límite, la muerte, no hay espacio para elegir. Esa frontera, que es el duelo por la tragedia argentina, sólo puede ser atravesada por la escritura.


Milagrosamente, aún en la muerte, en la doble muerte de la víctima maniatada, la imagen final es el mundo, un mundo que puede ser reconstruido en algún lugar. Ese es el mundo de Leticia Walther, la humanidad que descubrí en ella cuando la conocí y que este libro nos transmite, inaugurando una obra.